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Revision 208 Nov 2017 - SurinyeOlarte

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Un asteroide proviniente de una estrella lejana visita el Sistema Solar

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Todos los objetos del Sistema Solar se mueven en órbitas elípticas, como enunció Kepler por primera vez en el siglo XVI. Este hecho es el resultado de su movimiento bajo la atracción gravitatoria del Sol, tal como explicó Isaac Newton. A una cierta distancia del Sol, hay una velocidad máxima a la que puede moverse un objeto que siga una trayectoria elíptica. Si se moviera más deprisa, debería seguir una hipérbola, una trayectoria diferente que no es cerrada y que implica que el objeto se escapará del Sistema Solar.
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El Asteroide A/2017U1 es el primer objeto que se ha observado siguiendo una órbita hiperbólica alrededor del Sol. Llegó al Sistema Solar proveniente del espacio interestelar, con una velocidad de 26 kilómetros por segundo. Al acercarse al Sol se aceleró, alcanzando los 87 kilómetros por segundo en su máxima aproximación el 9 de septiembre, cuando se encontró más cerca del Sol que el planeta Mercurio. En su camino de salida se acercó a la Tierra durante el mes de octubre, lo que lo hizo más fácilmente visible y permitió que fuera descubierto por el PANSTARRS. Sin embargo, las reducidas dimensiones del objeto, de sólo 400 metros de diámetro, hacen que se observe sólo como un punto de luz muy débil y difícil de detectar incluso en el tramo de su recorrido más cercano a la Tierra. Actualmente se está alejando, en su camino de regreso hacia el gelido espacio interestelar donde probablemente se estuvo miles de millones de años antes de toparse por casualidad con el Sistema Solar.
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El Asteroide A/2017U1 es el primer objeto que se ha observado siguiendo una órbita hiperbólica alrededor del Sol. Llegó al Sistema Solar proveniente del espacio interestelar, con una velocidad de 26 kilómetros por segundo. Al acercarse al Sol se aceleró, alcanzando los 87 kilómetros por segundo en su máxima aproximación el 9 de septiembre, cuando se encontró más cerca del Sol que el planeta Mercurio. En su camino de salida se acercó a la Tierra durante el mes de octubre, lo que lo hizo más fácilmente visible y permitió que fuera descubierto por el PANSTARRS. Sin embargo, las reducidas dimensiones del objeto, de sólo 400 metros de diámetro, hacen que se observe sólo como un punto de luz muy débil y difícil de detectar incluso en el tramo de su recorrido más cercano a la Tierra. Actualmente se está alejando, en su camino de regreso hacia el gelido espacio interestelar donde probablemente se estuvo miles de millones de años antes de toparse por casualidad con el Sistema Solar.
 
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Los astrónomos han estado pensando durante muchos años que, si la mayoría de las estrellas de la Vía Láctea formaran sistemas planetarios a su alrededor de una manera parecida a como los planetas se formaron alrededor del Sol, muchos pequeños asteroides deberían haber sido lanzados al espacio durante el proceso de formación planetaria. Alrededor de estrellas jóvenes se han observado discos de gas y polvo protoplanetarios, donde creemos que las partículas de polvo se van juntando gradualmente para formar cuerpos más grandes hasta llegar a ser asteroides. La continua coalescencia de estos asteroides llevaría finalmente a la formación de planetas más grandes, como la Tierra. Pero el descubrimiento de una amplia diversidad de planetas alrededor de muchas estrellas ha mostrado en los últimos años que la mayoría de sistemas planetarios tienen un aspecto bastante diferente al de nuestro Sistema Solar: a menudo encontramos planetas tan masivos como Júpiter situados muy cerca de sus estrellas. Estos planetas extremadamente masivos no pueden estar hechos de material rocoso, sino que están hechos mayoritariamente de hidrógeno gaseoso, y deben formarse lejos de la estrella, donde el gas hidrógeno pueda acretarse. Por esta razón los astrofísicos han hecho la hipótesis de que estos planetas masivos se han trasladado desde órbitas lejanas en un proceso llamado 'migración radial', situándose finalmente en pequeñas órbitas cerca de sus estrellas (a menudo más cerca de lo que se encuentra Mercurio del Sol).
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Los astrónomos han estado pensando durante muchos años que, si la mayoría de las estrellas de la Vía Láctea formaran sistemas planetarios a su alrededor de una manera parecida a como los planetas se formaron alrededor del Sol, muchos pequeños asteroides deberían haber sido lanzados al espacio durante el proceso de formación planetaria. Alrededor de estrellas jóvenes se han observado discos de gas y polvo protoplanetarios, donde creemos que las partículas de polvo se van juntando gradualmente para formar cuerpos más grandes hasta llegar a ser asteroides. La continua coalescencia de estos asteroides llevaría finalmente a la formación de planetas más grandes, como la Tierra. Pero el descubrimiento de una amplia diversidad de planetas alrededor de muchas estrellas ha mostrado en los últimos años que la mayoría de sistemas planetarios tienen un aspecto bastante diferente al de nuestro Sistema Solar: a menudo encontramos planetas tan masivos como Júpiter situados muy cerca de sus estrellas. Estos planetas extremadamente masivos no pueden estar hechos de material rocoso, sino que están hechos mayoritariamente de hidrógeno gaseoso, y deben formarse lejos de la estrella, donde el gas hidrógeno pueda acretarse. Por esta razón los astrofísicos han hecho la hipótesis de que estos planetas masivos se han trasladado desde órbitas lejanas en un proceso llamado 'migración radial', situándose finalmente en pequeñas órbitas cerca de sus estrellas (a menudo más cerca de lo que se encuentra Mercurio del Sol).
 
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La migración radial de planetas masivos la puede producir la interacción entre material del disco protoplanetario y el planeta. A medida que el gas, el polvo y las rocas en el disco se acercan al planeta masivo, el esparcimiento gravitacional de este material conduce a la pérdida de energía del planeta y su desplazamiento hacia la estrella, mientras que los objetos dispersados ganan energía y se mueven hacia fuera. De hecho, algunas de las pequeñas rocas o asteroides que interactúan con el planeta pueden recibir grandes sacudidas para cambiar la velocidad, y ser directamente expulsados del campo de atracción gravitatoria de su estrella. De esta forma, muchos pequeños asteroides pueden convertirse en vagabundos interestelares.
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La migración radial de planetas masivos la puede producir la interacción entre material del disco protoplanetario y el planeta. A medida que el gas, el polvo y las rocas en el disco se acercan al planeta masivo, el esparcimiento gravitacional de este material conduce a la pérdida de energía del planeta y su desplazamiento hacia la estrella, mientras que los objetos dispersados ganan energía y se mueven hacia fuera. De hecho, algunas de las pequeñas rocas o asteroides que interactúan con el planeta pueden recibir grandes sacudidas para cambiar la velocidad, y ser directamente expulsados del campo de atracción gravitatoria de su estrella. De esta forma, muchos pequeños asteroides pueden convertirse en vagabundos interestelares.
 
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Este es el origen que parece más probable para el asteroide de órbita hiperbólica que se acaba de descubrir: posiblemente se formó alrededor de una de las cien mil millones de estrellas que pueblan el disco de nuestra galaxia, cuando su estrella progenitora era muy joven y estaba rodeada por un disco protoplanetario que contenía un gran número de asteroides y en el que los planetas se formaban y migraban radialmente. De hecho, este asteroide, a pesar de haberse acercado mucho al Sol, no se ha transformado en cometa por evaporación de hielos en una cola cometaria, y por tanto debe haber sido expulsado desde regiones cercanas a la estrella, donde el calor impide la condensación de hielos y hace que los asteroides contengan únicamente material rocoso.
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Este es el origen que parece más probable para el asteroide de órbita hiperbólica que se acaba de descubrir: posiblemente se formó alrededor de una de las cien mil millones de estrellas que pueblan el disco de nuestra galaxia, cuando su estrella progenitora era muy joven y estaba rodeada por un disco protoplanetario que contenía un gran número de asteroides y en el que los planetas se formaban y migraban radialmente. De hecho, este asteroide, a pesar de haberse acercado mucho al Sol, no se ha transformado en cometa por evaporación de hielos en una cola cometaria, y por tanto debe haber sido expulsado desde regiones cercanas a la estrella, donde el calor impide la condensación de hielos y hace que los asteroides contengan únicamente material rocoso.
 
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A lo largo de los 10 mil millones de años de historia de la Vía Láctea, las estrellas se han ido formando en su disco a un ritmo más o menos constante, y por tanto este asteroide puede haber sido expulsado de su estrella progenitora en cualquier momento aleatorio de los últimos 10 mil millones de años. La estrella de la que proviene probablemente se encuentra muy lejos de nosotros en este momento, y el asteroide seguramente ha pasado miles de millones de años en la soledad del espacio interestelar, orbitando varias veces alrededor de nuestra Galaxia. Esta historia es consistente con la velocidad de 26 kilómetros por segundo en la que el asteroide se estaba moviendo cuando se acercó al Sol: es la típica diferencia de velocidades entre estrellas vecinas pertenecientes al disco de nuestra Galaxia.
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A lo largo de los 10 mil millones de años de historia de la Vía Láctea, las estrellas se han ido formando en su disco a un ritmo más o menos constante, y por tanto este asteroide puede haber sido expulsado de su estrella progenitora en cualquier momento aleatorio de los últimos 10 mil millones de años. La estrella de la que proviene probablemente se encuentra muy lejos de nosotros en este momento, y el asteroide seguramente ha pasado miles de millones de años en la soledad del espacio interestelar, orbitando varias veces alrededor de nuestra Galaxia. Esta historia es consistente con la velocidad de 26 kilómetros por segundo en la que el asteroide se estaba moviendo cuando se acercó al Sol: es la típica diferencia de velocidades entre estrellas vecinas pertenecientes al disco de nuestra Galaxia.
 
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¿Qué probabilidad hay de que un asteroide perdido entre las estrellas se acerque tanto a la Tierra como se ha acercado A/2017U1? La respuesta depende de cuántos de estos asteroides son lanzados al espacio por cada estrella a lo largo de su periodo de vida. La estimación más optimista que podemos hacer es que cada estrella de la Vía Láctea se formó con un disco protoplanetario que contenía una masa parecida a la de la propia estrella, y que todo el polvo contenido en esa masa formó asteroides. Si una gran parte de estos asteroides pueden acabar siendo expulsados al espacio interestelar por planetas tipo Júpiter durante el proceso de migración, se podría estimar que unos 1.015 asteroides similares al A/2017U1 serían expulsados por cada estrella. Con una población total de 1.011 estrellas en la Vía Láctea, podríamos tener unos 1.026 asteroides errantes con un diámetro de más de 400 metros orbitando por el disco de la Vía Láctea. Este número de asteroides interestelares implicaría que, en un momento cualquiera, estarían varios pasando dentro de la órbita de Saturno (o una distancia del Sol 10 veces mayor que la órbita de la Tierra). Estos objetos serían extremadamente difíciles de detectar si no se acercaran mucho a la Tierra, y con estas cantidades, tal vez sólo un asteroide cada 30 años se acercaría tanto como lo ha hecho el A/2017U1.
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¿Qué probabilidad hay de que un asteroide perdido entre las estrellas se acerque tanto a la Tierra como se ha acercado A/2017U1? La respuesta depende de cuántos de estos asteroides son lanzados al espacio por cada estrella a lo largo de su periodo de vida. La estimación más optimista que podemos hacer es que cada estrella de la Vía Láctea se formó con un disco protoplanetario que contenía una masa parecida a la de la propia estrella, y que todo el polvo contenido en esa masa formó asteroides. Si una gran parte de estos asteroides pueden acabar siendo expulsados al espacio interestelar por planetas tipo Júpiter durante el proceso de migración, se podría estimar que unos 1015 asteroides similares al A/2017U1 serían expulsados por cada estrella. Con una población total de 1011 estrellas en la Vía Láctea, podríamos tener unos 1026 asteroides errantes con un diámetro de más de 400 metros orbitando por el disco de la Vía Láctea. Este número de asteroides interestelares implicaría que, en un momento cualquiera, estarían varios pasando dentro de la órbita de Saturno (o una distancia del Sol 10 veces mayor que la órbita de la Tierra). Estos objetos serían extremadamente difíciles de detectar si no se acercaran mucho a la Tierra, y con estas cantidades, tal vez sólo un asteroide cada 30 años se acercaría tanto como lo ha hecho el A/2017U1.
 
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El descubrimiento de este asteroide en una órbita hiperbólica tiene, por tanto, implicaciones profundas: primero, para que la probabilidad de toparse con este objeto sea razonable, la mayoría de estrellas deberían expulsar hacia el espacio una enorme cantidad de asteroides, con una masa total de material rocoso similar al contenido actualmente en todos los planetas del Sistema Solar; segundo, si podemos mejorar nuestra capacidad de rastreo para buscar asteroides más débiles que pasan por el Sistema Solar, deberíamos descubrir muchos más. De hecho, se espera una gran mejora en nuestra capacidad para detectar asteroides débiles moviéndose a gran velocidad cuando el Gran Telescopio para Rastreos Sinópticos (LSST) comience a observar todo el cielo cada 4 días, con una sensibilidad para detectar objetos que son 30 veces menos brillantes que el asteroide A/2017U1 cuando estaba más cercano a nosotros.
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El descubrimiento de este asteroide en una órbita hiperbólica tiene, por tanto, implicaciones profundas: primero, para que la probabilidad de toparse con este objeto sea razonable, la mayoría de estrellas deberían expulsar hacia el espacio una enorme cantidad de asteroides, con una masa total de material rocoso similar al contenido actualmente en todos los planetas del Sistema Solar; segundo, si podemos mejorar nuestra capacidad de rastreo para buscar asteroides más débiles que pasan por el Sistema Solar, deberíamos descubrir muchos más. De hecho, se espera una gran mejora en nuestra capacidad para detectar asteroides débiles moviéndose a gran velocidad cuando el Large Synoptic Survey Telescope (LSST) comience a observar todo el cielo cada 4 días, con una sensibilidad para detectar objetos que son 30 veces menos brillantes que el asteroide A/2017U1 cuando estaba más cercano a nosotros.
 
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La posibilidad de explorar en detalle estos asteroides visitantes provenientes de otras estrellas es del todo fascinante. La naturaleza nos ofrece una oportunidad fantástica para examinar la composición del material rocoso que hay en otras estrellas para hacer planetas. Visitar directamente sistemas planetarios de otras estrellas no es factible con la tecnología actual, dadas las inmensas distancias que nos separan de las estrellas más cercanas, pero podemos estudiar estos pequeños cuerpos provenientes de otros sistemas planetarios que están visitando nuestro Sistema Solar. En un futuro, podemos concebir poner naves espaciales orbitando el Sol en órbitas muy elípticas desde las que, tan pronto como se detectara un asteroide interestelar, se pudiera cambiar de órbita para acercarse al asteroide, lanzar en él un objeto duro y recoger una muestra de polvo del asteroide que se desprendería tras la colisión a gran velocidad, y llevarnos de vuelta hacia la Tierra polvo para analizarlo en detalle. Nos abriría una oportunidad fascinante de aprender sobre las variaciones en la composición de cada elemento y sus isótopos, y la formación de planetas alrededor de otras estrellas.
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La posibilidad de explorar en detalle estos asteroides visitantes provenientes de otras estrellas es del todo fascinante. La naturaleza nos ofrece una oportunidad fantástica para examinar la composición del material rocoso que hay en otras estrellas para hacer planetas. Visitar directamente sistemas planetarios de otras estrellas no es factible con la tecnología actual, dadas las inmensas distancias que nos separan de las estrellas más cercanas, pero podemos estudiar estos pequeños cuerpos provenientes de otros sistemas planetarios que están visitando nuestro Sistema Solar. En un futuro, podemos concebir poner naves espaciales orbitando el Sol en órbitas muy elípticas desde las que, tan pronto como se detectara un asteroide interestelar, se pudiera cambiar de órbita para acercarse al asteroide, lanzar en él un objeto duro y recoger una muestra de polvo del asteroide que se desprendería tras la colisión a gran velocidad, y llevarnos de vuelta hacia la Tierra polvo para analizarlo en detalle. Nos abriría una oportunidad fascinante de aprender sobre las variaciones en la composición de cada elemento y sus isótopos, y la formación de planetas alrededor de otras estrellas.
 Mientras el asteroide A/2017U1 sigue su camino más allá de la Tierra y del Sistema Solar, sólo podemos esperar la apasionante ciencia que llegará con el nuevo campo de la astronomía que se ha estrenado con este descubrimiento: la distribución espacial y la composición de los vagabundos interestelares.

Revision 107 Nov 2017 - SurinyeOlarte

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Un asteroide proviniente de una estrella lejana visita el Sistema Solar

Monografías
Notícies destacades

07/11/2017

Jordi Miralda Escudé, Investigador ICREA, Instituto de Ciencias del Cosmos

màxim

Imagen: NASA/JPL-Caltech

El Sistema Solar acoge un gran número de asteroides. La mayoría orbitan entre las órbitas de Marte y Júpiter. El primer asteroide fue descubierto en 1801; en 1900 ya se conocían cerca de 500, y actualmente las técnicas modernas para cartografiar el espacio han permitido descubrir cientos de miles. Uno de los telescopios que se ocupa de explorar el cielo, tomando de forma frecuente imágenes de áreas extensas y buscando el rastro luminoso que deja un asteroide en movimiento, es el PANSTARRS 1, situado en Hawai. El 20 de octubre el PANSTARRS detectó uno de los muchos asteroides que se descubren cada día, pero este en concreto presentaba un comportamiento muy peculiar y diferente de todos los demás: a medida que se obtenían observaciones para determinar su órbita, quedaba claro que el nuevo asteroide se movía mucho más deprisa que cualquier otro objeto conocido del Sistema Solar. Este movimiento tan rápido significaba que el nuevo asteroide, llamado A/2017U1, no era un objeto del Sistema Solar, sino que provenía de otra estrella.

Todos los objetos del Sistema Solar se mueven en órbitas elípticas, como enunció Kepler por primera vez en el siglo XVI. Este hecho es el resultado de su movimiento bajo la atracción gravitatoria del Sol, tal como explicó Isaac Newton. A una cierta distancia del Sol, hay una velocidad máxima a la que puede moverse un objeto que siga una trayectoria elíptica. Si se moviera más deprisa, debería seguir una hipérbola, una trayectoria diferente que no es cerrada y que implica que el objeto se escapará del Sistema Solar.

El Asteroide A/2017U1 es el primer objeto que se ha observado siguiendo una órbita hiperbólica alrededor del Sol. Llegó al Sistema Solar proveniente del espacio interestelar, con una velocidad de 26 kilómetros por segundo. Al acercarse al Sol se aceleró, alcanzando los 87 kilómetros por segundo en su máxima aproximación el 9 de septiembre, cuando se encontró más cerca del Sol que el planeta Mercurio. En su camino de salida se acercó a la Tierra durante el mes de octubre, lo que lo hizo más fácilmente visible y permitió que fuera descubierto por el PANSTARRS. Sin embargo, las reducidas dimensiones del objeto, de sólo 400 metros de diámetro, hacen que se observe sólo como un punto de luz muy débil y difícil de detectar incluso en el tramo de su recorrido más cercano a la Tierra. Actualmente se está alejando, en su camino de regreso hacia el gelido espacio interestelar donde probablemente se estuvo miles de millones de años antes de toparse por casualidad con el Sistema Solar.

Los astrónomos han estado pensando durante muchos años que, si la mayoría de las estrellas de la Vía Láctea formaran sistemas planetarios a su alrededor de una manera parecida a como los planetas se formaron alrededor del Sol, muchos pequeños asteroides deberían haber sido lanzados al espacio durante el proceso de formación planetaria. Alrededor de estrellas jóvenes se han observado discos de gas y polvo protoplanetarios, donde creemos que las partículas de polvo se van juntando gradualmente para formar cuerpos más grandes hasta llegar a ser asteroides. La continua coalescencia de estos asteroides llevaría finalmente a la formación de planetas más grandes, como la Tierra. Pero el descubrimiento de una amplia diversidad de planetas alrededor de muchas estrellas ha mostrado en los últimos años que la mayoría de sistemas planetarios tienen un aspecto bastante diferente al de nuestro Sistema Solar: a menudo encontramos planetas tan masivos como Júpiter situados muy cerca de sus estrellas. Estos planetas extremadamente masivos no pueden estar hechos de material rocoso, sino que están hechos mayoritariamente de hidrógeno gaseoso, y deben formarse lejos de la estrella, donde el gas hidrógeno pueda acretarse. Por esta razón los astrofísicos han hecho la hipótesis de que estos planetas masivos se han trasladado desde órbitas lejanas en un proceso llamado 'migración radial', situándose finalmente en pequeñas órbitas cerca de sus estrellas (a menudo más cerca de lo que se encuentra Mercurio del Sol).

La migración radial de planetas masivos la puede producir la interacción entre material del disco protoplanetario y el planeta. A medida que el gas, el polvo y las rocas en el disco se acercan al planeta masivo, el esparcimiento gravitacional de este material conduce a la pérdida de energía del planeta y su desplazamiento hacia la estrella, mientras que los objetos dispersados ganan energía y se mueven hacia fuera. De hecho, algunas de las pequeñas rocas o asteroides que interactúan con el planeta pueden recibir grandes sacudidas para cambiar la velocidad, y ser directamente expulsados del campo de atracción gravitatoria de su estrella. De esta forma, muchos pequeños asteroides pueden convertirse en vagabundos interestelares.

Este es el origen que parece más probable para el asteroide de órbita hiperbólica que se acaba de descubrir: posiblemente se formó alrededor de una de las cien mil millones de estrellas que pueblan el disco de nuestra galaxia, cuando su estrella progenitora era muy joven y estaba rodeada por un disco protoplanetario que contenía un gran número de asteroides y en el que los planetas se formaban y migraban radialmente. De hecho, este asteroide, a pesar de haberse acercado mucho al Sol, no se ha transformado en cometa por evaporación de hielos en una cola cometaria, y por tanto debe haber sido expulsado desde regiones cercanas a la estrella, donde el calor impide la condensación de hielos y hace que los asteroides contengan únicamente material rocoso.

A lo largo de los 10 mil millones de años de historia de la Vía Láctea, las estrellas se han ido formando en su disco a un ritmo más o menos constante, y por tanto este asteroide puede haber sido expulsado de su estrella progenitora en cualquier momento aleatorio de los últimos 10 mil millones de años. La estrella de la que proviene probablemente se encuentra muy lejos de nosotros en este momento, y el asteroide seguramente ha pasado miles de millones de años en la soledad del espacio interestelar, orbitando varias veces alrededor de nuestra Galaxia. Esta historia es consistente con la velocidad de 26 kilómetros por segundo en la que el asteroide se estaba moviendo cuando se acercó al Sol: es la típica diferencia de velocidades entre estrellas vecinas pertenecientes al disco de nuestra Galaxia.

¿Qué probabilidad hay de que un asteroide perdido entre las estrellas se acerque tanto a la Tierra como se ha acercado A/2017U1? La respuesta depende de cuántos de estos asteroides son lanzados al espacio por cada estrella a lo largo de su periodo de vida. La estimación más optimista que podemos hacer es que cada estrella de la Vía Láctea se formó con un disco protoplanetario que contenía una masa parecida a la de la propia estrella, y que todo el polvo contenido en esa masa formó asteroides. Si una gran parte de estos asteroides pueden acabar siendo expulsados al espacio interestelar por planetas tipo Júpiter durante el proceso de migración, se podría estimar que unos 1.015 asteroides similares al A/2017U1 serían expulsados por cada estrella. Con una población total de 1.011 estrellas en la Vía Láctea, podríamos tener unos 1.026 asteroides errantes con un diámetro de más de 400 metros orbitando por el disco de la Vía Láctea. Este número de asteroides interestelares implicaría que, en un momento cualquiera, estarían varios pasando dentro de la órbita de Saturno (o una distancia del Sol 10 veces mayor que la órbita de la Tierra). Estos objetos serían extremadamente difíciles de detectar si no se acercaran mucho a la Tierra, y con estas cantidades, tal vez sólo un asteroide cada 30 años se acercaría tanto como lo ha hecho el A/2017U1.

El descubrimiento de este asteroide en una órbita hiperbólica tiene, por tanto, implicaciones profundas: primero, para que la probabilidad de toparse con este objeto sea razonable, la mayoría de estrellas deberían expulsar hacia el espacio una enorme cantidad de asteroides, con una masa total de material rocoso similar al contenido actualmente en todos los planetas del Sistema Solar; segundo, si podemos mejorar nuestra capacidad de rastreo para buscar asteroides más débiles que pasan por el Sistema Solar, deberíamos descubrir muchos más. De hecho, se espera una gran mejora en nuestra capacidad para detectar asteroides débiles moviéndose a gran velocidad cuando el Gran Telescopio para Rastreos Sinópticos (LSST) comience a observar todo el cielo cada 4 días, con una sensibilidad para detectar objetos que son 30 veces menos brillantes que el asteroide A/2017U1 cuando estaba más cercano a nosotros.

La posibilidad de explorar en detalle estos asteroides visitantes provenientes de otras estrellas es del todo fascinante. La naturaleza nos ofrece una oportunidad fantástica para examinar la composición del material rocoso que hay en otras estrellas para hacer planetas. Visitar directamente sistemas planetarios de otras estrellas no es factible con la tecnología actual, dadas las inmensas distancias que nos separan de las estrellas más cercanas, pero podemos estudiar estos pequeños cuerpos provenientes de otros sistemas planetarios que están visitando nuestro Sistema Solar. En un futuro, podemos concebir poner naves espaciales orbitando el Sol en órbitas muy elípticas desde las que, tan pronto como se detectara un asteroide interestelar, se pudiera cambiar de órbita para acercarse al asteroide, lanzar en él un objeto duro y recoger una muestra de polvo del asteroide que se desprendería tras la colisión a gran velocidad, y llevarnos de vuelta hacia la Tierra polvo para analizarlo en detalle. Nos abriría una oportunidad fascinante de aprender sobre las variaciones en la composición de cada elemento y sus isótopos, y la formación de planetas alrededor de otras estrellas.

Mientras el asteroide A/2017U1 sigue su camino más allá de la Tierra y del Sistema Solar, sólo podemos esperar la apasionante ciencia que llegará con el nuevo campo de la astronomía que se ha estrenado con este descubrimiento: la distribución espacial y la composición de los vagabundos interestelares.

 
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